

Por décadas, el corazón de la construcción en Puerto Rico —como en muchos otros lugares— no estuvo en los manuales ni en los códigos, sino en las manos de quienes pasaban el conocimiento de generación en generación. “Aprende mirando”, “ven conmigo a la obra”, “te voy a enseñar cómo se hace”: esta era la universidad de los oficios. Una tradición silenciosa, humana, que levantó hogares, urbanizaciones, comercios, barrios completos. Un sistema artesanal que se sostenía en la figura del “maestro” y el “aprendiz”.
Pero el tiempo —y la historia reciente— interrumpió ese linaje. La migración, el envejecimiento de la fuerza laboral, desastres naturales y la pérdida de oficios dejaron a Puerto Rico con un vacío profundo: una isla que necesita ser reconstruida, pero con muy pocas manos para hacerlo.
Hoy, esa cadena de conocimiento está renaciendo. Y su epicentro está en San Juan, dentro de un edificio donde el sonido de martillos, sierras y conversaciones cargadas de propósito anuncia que algo importante se está gestando. Ese lugar es la BuildStrong Academy Puerto Rico (BSA), una iniciativa del Home Builders Institute (HBI) que promete no solo formar profesionales, sino redefinir la forma en que Puerto Rico se prepara para construir su propio futuro.
“Históricamente, la construcción ha sido una profesión de legado: un oficio que se heredaba,” explica Alfredo “Alfie” Martínez-Álvarez, Jr., presidente de la Junta de Directores de la escuela, presidente de Martinal Group, una firma con cinco décadas de experiencia en administración, mantenimiento y gerencia de propiedades en Puerto Rico, y expresidente de la Asociación de Constructores de Puerto Rico. “Pero esa tradición se fue diluyendo. La BuildStrong Academy revive ese espíritu de ‘apprenticeship’, recreando una cadena de conocimiento que forma a una nueva generación de trabajadores especializados”.
Esa palabra —revive— parece describir con exactitud lo que está ocurriendo. La academia opera bajo un principio fundamental: el conocimiento no se guarda, se pasa adelante. Y en una industria donde cada medición, cada ángulo, cada mezcla, cada plano depende del dominio técnico, ese paso generacional es vital para la calidad, seguridad y resiliencia de las estructuras.
HBI, la organización matriz, lleva más de cincuenta años desarrollando y adiestrando talento para la industria de la construcción en Estados Unidos. Su modelo se basa en un currículo hands-on, intensivo y altamente estandarizado. Pero en Puerto Rico, la fórmula necesitaba ajustes. Y los hicieron.
“Atemperamos el currículo a la realidad de la isla”, explica Víctor Schiavo, director de la academia en Puerto Rico y jefe operativo. “A diferencia de gran parte de los Estados Unidos, aquí construimos en bloque, trabajamos gypsum board, reforzamos para huracanes, y los electricistas necesitan saber romper y reparar paredes. No era copiar y pegar el currículo que HBI usa allá; era adaptar para que el estudiante salga listo para trabajar en nuestras condiciones”.
Esa adaptación no es superficial; es profunda y consciente. Es el puente entre lo que se enseña en otros estados y lo que Puerto Rico necesita hoy para reconstruirse. La academia ofrece programas de 18 semanas —75% práctica, 25% teoría— en carpintería, albañilería, electricidad y plomería. Lo hacen con matrícula 100% libre de costo, con equipo de seguridad, uniforme, comidas, certificación OSHA-10 y, al graduarse, un kit de herramientas valorado en $1,000. Todo financiado por una inversión de $10.9 millones del Programa CDBG-DR del Departamento de la Vivienda federal (HUD, por sus siglas en inglés).
“Esto no es una institución con fines de lucro”, recalca Schiavo. “Es un proyecto de desarrollo social. Nuestra misión va más allá de adiestrar: queremos transformar vidas y aportar a Puerto Rico”.
Los números que cuentan una historia. En apenas meses desde su apertura en 2025, la BSA ha superado las expectativas:
La mayoría de los estudiantes son personas de escasos recursos, residentes de vivienda pública, veteranos o jóvenes sin oportunidades tradicionales. “Muchos de nuestros estudiantes regresan a sus propias comunidades para trabajar en reparaciones y mejoras”, explica Schiavo. “Es un círculo virtuoso: la academia los prepara, y ellos devuelven ese conocimiento y trabajo donde más hace falta”.
Para HBI, Puerto Rico no es un proyecto más. Es una misión crítica. “Puerto Rico enfrenta desafíos que amplifican la escasez de mano de obra”, afirma por su parte, Ed Brady, presidente y CEO de HBI. “A la demanda nacional por trabajadores se le suma la necesidad urgente de reconstruir infraestructura y viviendas tras desastres naturales. Puerto Rico representa una oportunidad importante para demostrar cómo la capacitación puede impulsar la resiliencia económica”.
Brady es claro: La fuerza laboral es la columna vertebral del desarrollo económico. Y eso incluye el mercado más competitivo y acelerado de los últimos años: el mercado de lujo. “El crecimiento del sector de lujo depende de precisión, tiempos confiables y destrezas especializadas”, dice Brady. “Los desarrollos multimillonarios no pueden avanzar sin una fuerza laboral local sólida, y la BuildStrong Academy es parte de la respuesta”.

El programa no se limita a adiestrar. Se integra en una red de apoyo que incluye:
“Los estudiantes no vienen solamente a aprender un oficio,” dice Víctor Schiavo. “Vienen a encontrar una ruta de vida”.
Para algunos, esa ruta es también una segunda oportunidad. Como el dueño de una compañía de electricidad que decidió entrar al programa para certificarse en albañilería, y luego comenzó a enviar a sus empleados. O las mujeres que completaron el programa de carpintería, demostrando que los oficios no tienen género, solo determinación. Cada historia es un recordatorio de que el oficio dignifica.

Hay una palabra que aparece repetidamente en las conversaciones con Víctor y Alfredo: apprenticeship. En una era donde la educación profesional se ha vuelto inaccesible o desconectada de la realidad laboral, BuildStrong Academy hace algo inesperado: rescata un modelo antiguo y lo trae al siglo XXI.
Aquí, los instructores no son profesores distantes. Son maestros de oficio. Son portadores de una cultura, guardianes de una tradición que se transmite mejor con las manos que con las palabras. Pero esta vez, la tradición se formaliza, se certifica y se democratiza. El conocimiento ya no depende de herencias familiares o conexiones. Ahora pertenece a todos.
“Yo necesitaba hacer algo con propósito,” confiesa Víctor. Luego de una carrera de 45 años, decidió no retirarse del todo. “La misión de la academia me llamó. Esto me permite devolver y contribuir a un mejor Puerto Rico. Me da satisfacción ver, día tras día, lo que estamos logrando”.
Su entusiasmo es contagioso. Según Martínez-Álvarez, Jr., “me da una gran satisfacción ver cómo este programa EMPODERA a las personas y los motiva a aportar a sus comunidades; el currículo de BSA les da a los estudiantes un propósito de vida, en especial a aquellas personas de escasos recursos que no tienen muchas oportunidades para mejorar sus vidas”.
Quien visita la academia lo nota. La energía en el taller. La mirada de concentración. Hay aprendizaje, sí. Pero hay también comunidad, propósito, identidad.
Cuando se les pregunta qué viene después, Alfredo es categórico: “La evolución de la BSA irá a la par con la evolución de la industria. La fase reconstrucción eventualmente pasará, pero la necesidad de trabajadores especializados nunca desaparecerá.”
Su visión incluye vivienda de interés social, mitigación de estorbos públicos, desarrollo resiliente, reducción de construcción informal, integración de tecnologías nuevas, y fortalecimiento continuo de destrezas
Brady, por su parte, imagina un impacto aún mayor: “En los próximos 5 a 10 años, queremos que Puerto Rico sea un modelo de cómo una academia de oficios puede transformar una economía. Nos gustaría expandir programas, abrir más recintos y graduar cientos de profesionales anualmente”.
